Lituania jugará las primeras semifinales de su historia en un Mundial tras arrasar a Argentina por 19 puntos en un encuentro excelso de todo el equipo desde el primer minuto.
Lo habían ganado todo hasta el momento. Habían superado situaciones difíciles, ofrecido espectáculo, demostrado muchas alternativas en su juego y, sin embargo, nadie les daba por favoritos. Nadie creía en una de las Lituanias menos glamourosas de los últimos años. Ya era hora de reírse de los pronósticos.
Lituania luchará por medallas. Y lo hará a lo grande, tras superar a una Argentina que 48 horas antes había dormido en el mismísimo cielo tras eliminar agónicamente a Brasil en uno de los partidos más bonitos que un Mundial ha podido ver jamás. Volvían los elogios a una generación de héroes nacionales. Volvían a contar aquellos viejos rockeros que robaron el corazón de todos en octavos para quedarse a un paso de la lucha por las medallas, aún en puro trance de la exhibición de Scola.
Luis anotó el primer tiro del encuentro, en lo que parecía un simbolismo de otra exhibición descomunal por venir. Falsa alarma. Kalnietis tomó las riendas de Lituania y, con 7 puntos consecutivos ponía con ventaja a Lituania. A pesar de otros 6 puntos seguidos de Delfino, el ritmo del choque era lituano. Había defensa, velocidad, contraataques y, lo que terminó de romper la igualdad, tiro exterior. Un par de triples de Pocius y Jasaitis disparaban al cuadro verde y un par de canastas conseguidas por Maciulis en un abrir y cerrar de ojos, encendían todas las alarmas: 21-12 (min.8).
Frente a la efectividad lituana, o se respondía con acierto o con garra. Y Argentina hoy sólo tenía de lo segundo. Jasen amagó con la reacción tras un espectacular mate a una mano en una de las jugadas del campeonato (21-17, m.9), pero justo ese fue el momento en el que a Delininkaitis le dio por aparecer.
Como si fuese el mejor Macijauskas, como si aquel que pasó por Murcia fuera su hermano el fallón, el escolta asumió el liderazgo de su equipo para hacer despegar a su equipo. Un triple, un contraataque culminado con canasta, un tiro libre y un 2+1 en tres minutos. Nueve puntos para dejar al borde del K.O a una Argentina que recibió otro duro golpe con el triple de Jasaitis: 35-20 (m.13). Definitivamente, y aún con un mundo por jugar, la situación era límite.
El cuadro albiceleste lo intentaba todo, pero caía una y otra vez en la telaraña que Kemzura había ideado, perdiendo balones, sin poder encontrar a Scola e incluso viendo cómo sus tiros exteriores eran taponados. Delfino, errático, jugaba solo contra el mundo y su rival era el ejemplo contrario. Un equipo, con todos aportando en cada fallo argentino, en cada canasta propia. ¡Y sin Kleiza! La estrella báltica no apareció hasta el ecuador del segundo periodo para estrenar su casillero de puntos con un triple que frenaba en seco la mini-reacción de su oponente: 38-24.
Lo volverían a intentar. Hernández les pedía en un tiempo muerto que hicieran lo posible para irse al descanso con menos de 10 puntos de ventaja y Scola pareció entender de inmediato el mensaje: 38-28, m.17. Otro espejismo. El último del partido para Argentina, que asistió con impotencia al recital de su rival, capaz de anotar en cada maldita ocasión que lo probaba desde más allá de 6,25. Ni tres, ni cinco, sino 8 triples en 8 intentos (100%) que dolían como 8 puñales clavados en el corazón de todo un país.
Media docena de rivales le habían anotado un triple a un equipo que lloraba su 0/9 en esos momentos. Y lo peor era la sensación de no poder replicar, jugando completamente incómodos en el aro rival, asfixiados a base de dos contra uno y una presión sin cuartel. Argentina, lejos de esos 10 de desventaja que pedía Hernández, jugó por llegar a los 15 en el último minuto y acabó engullendo una indigesta diferencia de veinte al descanso, la máxima, tras un palmeo de Kalnietis sobre la bocina: 50-30.
Un canastón de Jankunas permitía que hasta 7 jugadores lituanos alcanzasen los dobles dígitos en anotación, aunque Argentina, ya con sus suplentes en pista, hizo el último sprint para despedirse de la lucha por las medallas en el torneo en el que comenzó su leyenda, allá por 2002, con orgullo y dignidad. Un 0-9 les permitía maquillar el luminoso (87-67), pero aún restaban cinco minutos por jugar. Cinco infiernos en los que quemarse, cinco siglos por superar.
Minutos de la basura para dos que anhelaban el bocinazo final, unos para celebrar la mayor gesta de su historia en un Mundial, y otros por terminar su suplicio. La fiesta en las gradas entre los que sí sabían ganar y los que sí sabían perder precedió a un final en el que sólo los tres suplentes lituanos que se quedaron sin jugar (Gecevicius, Limavicius y Andriuskevicius) se quedaron sin final feliz. Lituania saboreó su gesta entre mates y Argentina se conformó con el único objetivo que pudo cumplir en su día más aciago: perder por menos de 20: 104-85.
Puede que Lituania vuelva a ser humano frenta a Estados Unidos. Quizá jamás vuelvan a tener ese acierto de locura de la primera mitad. Probablemente hasta el propio bronce queda lejos. Pero por un día, aunque sólo fuese un día, asustaron con su juego al mundo. Incluido Estados Unidos, su próximo rival.







